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Tuve a bien nacer en la fría noche de un 15 de Enero del año 1958, en un pueblo de la mancha de cuyo nombre siempre me acuerdo, Hellín en Albacete. A las 20,15 horas mi madre no pudo retenerme más y tuvo que ponerse de parto. La que se lio.
No amigos, no me digáis que ya ha llovido, no, ha diluviado y a eso es a lo que llamo vivir.
Ahora que sabemos que la vida, es decir el tiempo que vivimos es el camino y recorrerlo es una cosecha permanente de sabiduría, es cuando merece la pena compartir lo vivido.
Algunos tomamos la decisión temprana e inconsciente de hacerlo desde la consciencia, es lo que con el tiempo llamaríamos vivir dejando una huella indeleble en el paisaje de tu mañana, sirviendo fielmente tu mejor propósito en el presente.
Esta página, ocupa un lugar íntimo en este sitio web. Ha sido siempre muy importante que los demás viesen en mi a un Ser Humano, para que si algo de todo aquello en lo que me he convertido les resultase atractivo, entendiesen que si lo he alcanzado, es que ellos, es decir todos vosotros lo podéis alcanzar. La mejor forma de desmitificar una meta, es mostrar al hombre que la conquistó.
Ese 15 de Enero, al cierre del atardecer llegaba un niño con mucha curiosidad por todo, por el mundo. Me contaba mi madre que la matrona gritó al ponerme boca abajo sobre sus rodillas, porque no se me ocurrió otra cosa que girar la cabeza hacia arriba, buscando ver lo que no estaba delante de mi y eso que recién nacidos todavía no vemos, ese gesto particular marcaría toda mi vida. Ser un explorador incansable ha alimentado una realidad cambiante, en permanente estado de transformación que los que me amaban llamaban Miguel, los que me estimaban Miguel Ángel, los más lejanos Serrano y los que me odiaban, ni me llamaban, es lo que tiene estar vivo.

No importa dónde naces, si has de aprender algo que no esta allí, la vida se confabula en tu presente para darle forma a tu futuro y situarte allí donde sea necesario. La vida me llevó a Francia, donde estuve ocho años con todas sus controversias y alegrías. Vivir en el extranjero con cierto grado de aislamiento, forja soñadores, moldea personas que aprenden a soñar allí donde viven, lo que no pueden vivir por no estar donde quieren.
Mi adaptación recién llegados a Alicante, de vuelta a España fue por la edad, más difícil que la que viví en Francia y sufrirlo cambió mi carácter para siempre, nació un rebelde, os lo juro sin causa, pero rebelde. Si unimos el espíritu de explorador a una rebeldía de libro adolescente, aquel 15 de Enero mi madre la lió parda.
Con dieciséis años conseguía mi carnet de Control Mental del método Silva, era el más joven de todos los que habían terminado con éxito la formación, ahora debo ser el más viejo de entre todos los que conservan el carnet y la memoria de que alguna vez hicieron esa formación, bromas del paso del tiempo.
Corría el año 1974, vivir lo que estaba viviendo era maravilloso, era una época de pocos avances espirituales, empezar por Control Mental y cosechar los éxitos propios de sus prácticas, era como vivir en un micro mundo, el mío, absolutamente mágico, repleto de sorpresas y pequeños o no tan pequeños milagros.
Desconociendo las leyes principales del Universo, solo sabía que cuando me enfocaba de corazón en algo, eso se presentaba en mi vida y dos años mas tarde conocí a Emilio Bourgon, gran maestre de los RosaCruces en Canarias, que me enseñaría a tocar los chakras de forma empírica, con la palma de la mano y sembró la semilla que transformaría toda mi existencia futura. ¿Sabéis por qué Emilio fue tan transformador para mi?, porque todo lo que me enseñó, todo lo que nos enseñó a todos, era cierto. Nos hacía probarlo durante el curso y constatar si lo que nos decía era verdad o no, ahí aprendí el valor indiscutible de la experimentación para convertir una teoría en parte de mi sabiduría.
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